1 de noviembre de 2008

LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS, CADA TANTO REVIVEN TIBIAMENTE Y LUEGO REGRESAN A SU TUMBA.


ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE (APPALOOSA, 2008). Dir: ED HARRIS.


No resulta por cierto un problema menor la cuestión de la supervivencia de los géneros. Rastrear la genealogía de un género y el sustento que le dió origen es una tarea apasionante; comprender por qué causa murió, una tarea melancólica y por lo tanto urgente.


Por qué desaparecieron la tragedia griega, el auto sacramental o aún el soneto y la ópera es materia grave. Pero el problema se vuelve particularme acuciante cuando hablamos de Cine, ya que éste nació, según creemos, voluntaria y esencialmente como un troquelado de géneros, donde la totalidad de la humana experiencia se refractó en terrenos perfectamente codificados. Y que, por otra parte es el arte en el cual esos géneros agonizantes encontraron refugio y fueron, mutatis mutandis, insuflados de nueva vida. Hablamos por supuesto, del cine norteamericano clásico, fundador y fundante del Cine como universalidad.


Desde hace algunas décadas, el Cine transita, en cuanto a los géneros, un camino de doble vía: por un lado la dispersión de los géneros en una miríada de sub-géneros y por el otro lado su negación lisa y llana, situación que agudiza y refleja la ya de por si preocupante atomización del público en tanto ecumene, situaciones ambas que surgen, si no nos equivocamos, de la misma matriz. Piénsese nada más en la multiplicación reciente del cine “para minorías” y la multitud de festivales dedicados a “temáticas” y se comprenderá cuán lejos estamos, salvo honrosas excepciones, de aquella concepción ecuménica y “global” en sentido diestro de los padres fundadores del Cine.

Esta situación que exponemos se ha verificado ya en géneros como, ejemplarmente, el melodrama y se ha cebado con otros como el film de guerra o el musical que viven en un estado de hibernación del que cada tanto son despertados para ser presentados ante el estupor general.

No otra cosa, aunque más aguda sin duda, ha ocurrido con el western.


Es en el momento de su muerte que una estrella desprende su mayor potencia lumínica asi como multiplica hasta la fascinación los matices de colores, volviendo acto en este último impulso todas las virtualidades de su esencia. Esto, hablando del western, creemos, ocurrió hacia finales de los ´50 y comienzos de los ´60 con los últimos filmes de John Ford, la saga de Anthony Mann con James Stewart, lo último visible de un Delmer Daves, los pocos westerns de Nicholas Ray, los últimos de Hawks y last but not least los siete Boettichers con Randolph Scott. Ejemplarmente deberíamos pensar en The man who shot Liberty Valance, donde el género alcanzó su absoluta autoconciencia, camino que había comenzado el Shane de George Stevens.

De allí en más sufrió tanto embates para destruirlo como intentos de recuperación que oscilaron entre la melancolía y la repetición. Asi desde los intentos de recuperación por vía de su barroquización de un Peckinpah o un Walter Hill, pasando por los intentos neoclásicos de Siegel, Kasdan o con muy diversa fortuna Eastwood, hasta la absoluta parodia de los Leone, Robert Rodriguez, De la Iglesia y el más reciente Ang Lee con su historia de cowboys homosexuales, el género sufrió un desgaste que hizo que los grandes autores se hayan mantenido alejados de sus tentaciones. Si hasta el hawksiano John Carpenter prefirió no dirigir su guión de El Diablo y decidió vehiculizar su épica hacia variantes diversas del género de terror (digámoslo francamente, Vampiros es en el realidad más un western teológico que una película de terror, con su pareja de pistoleros, sus enfrentamientos en la calle principal del pueblo colonial mexicano, el uso de pantalla ancha para filmar el desierto y un largo etcétera, que estaría completamente fuera de lugar tratar aquí).


Asi decimos, son directores laterales o aún ocasionales los que se han acercado al género en estas últimas décadas. No otro es el caso del actor Ed Harris. Téngase en cuenta que el anterior y único filme de Harris como director fue una largamente deseada biografía de Jackson Pollock. Todo dicho.


En el caso de “Entre la vida y la muerte” (tal el título que recibió esta cinta en la tómbola a la que los distribuidores locales someten toda película que pasa por sus manos) estamos frente a otro ejemplo de ese nostálgico y más o menos inofensivo camino neo-clásico. Allí está todo lo que haría falta para hacer un western: el hombre despótico y fuera de la ley que aterroriza al pueblo, el sheriff que transitoriamente logra establecer el orden, la prostituta de corazón inestable, el pueblo perdido en la inmensidad, la inalterable fila de indios en la parte superior de un peñasco, etc, etc.

Y sin embargo todo aquí es, si se nos permite la expresión, artificiosamente ingenuo, como si el filme luchara de contínuo contra la materia prima toda y hasta con el mismo público, para intentar convencerse y convencerlo de que tal ingenuidad es aún posible.


Por momentos hasta uno quisiera permitirse esa tal ingenuidad pero más temprano que tarde descubrimos que el Cine no permite hoy ese movimiento tranquilizador y nostálgico. Decimos, después de que Apocalypse now y Titanic han ocurrido…

Esto se verifica en las actuaciones, un poco demasiado “clásicas”, asi con comillas, como si Harris y Mortensen, dos de los pocos actores con capacidad icónica del cine actual, jugaran a ser Wayne y Fonda por un rato. Igual sucede con la puesta en escena, envarada, tiesa, al borde el estatismo, y con los encuadres demasiado bien compuestos, como si el estudio de los clásicos del género y las pinturas de época se hubieran tornado solidez pétrea.


Y aún así, ocasionalmente y a ramalazos, habita en este film la sublime y extrañada emoción de la épica. El coraje, la amistad masculina y el gesto final del verdadero (e inesperado como en la citada The man…) héroe, que sacrifica todo su andamiaje terrenal, para que la civilización pueda ocurrir y el imperio de la ley reemplace a la fuerza bruta, siquiera hasta que los gérmenes de corrupción hagan pasto, como siempre, de la humana historia. Pero antes queda y quedará la alta belleza del gesto del héroe, que como todo verdadero héroe es sacrificial y nunca se beneficia de las mieles del Orden por él establecido. Se trate de Hércules o de John Wayne en The searchers. Asi habla el Mito.

3 comentarios:

francisco dijo...

no vi el film aún. Imagine una reacción mía semejante a la tuya. í en cambio, la remake de "el ultimo tren a YUMA, el de las 3:15", que me pparecio semejante en estilo elegiaco a "open range" de Kostner, aunque sin la belleza de éste. Hay un intento de epica en "yuma", pero no se si el sacrificio del pobre tipo al final puede parangonarse a otros... además, no soporto al australiano ése, por llo menos, en ese papel...

Anónimo dijo...

okokoko

PTE dijo...

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